
Como ya hemos ido comentando en algunos de nuestros anteriores posts, el éxito rotundo que tienen actualmente las redes sociales está propiciando que las empresas recurran a las mismas para controlar la vida y actividad de sus empleados y de los candidatos a serlo.
Vivimos en un mundo en el que la imagen es lo más importante, ya que gran parte de la adquisición de un producto y de la fidelización de los consumidores sobre la marca se debe a la imagen corporativa.
Si entendemos esto debemos entender que cada empleado de una empresa está representando en todo momento a la empresa para la que trabaja. Por ejemplo, si acudes una noche a un local y ves a la persona en cuyas manos confías tus ahorros borracho como una cuba montando una trifulca, lo primero que se te pasa por la cabeza es no volver a aparecer por la oficina del banco en cuestión hasta que dicho elemento deje de trabajar para la empresa; porque, si esa persona no es "responsable" con su vida, ¿cómo va a serlo con algo que no es suyo?
Partiendo de este supuesto u otro cualquiera que se le parezca, es normal que la preocupación de las empresas se vea reflejada en intentar acceder a una base de datos tan amplia como para ser propietaria de tus imágenes, tus ideales y tus pensamientos.
En el día a día de una empresa, cuando ésta realiza su estrategia de mercado debe contar con que sus empleados son eficientes y dan una imagen acorde con la empresa (tanto dentro como fuera de ella).
Ahí es donde entran en juego nuestras admiradas y temidas redes sociales. La razón de haber titulado así a mi post se debe a la alusión que quiero hacer sobre cómo manejar las redes sociales. Es imprescindible saber cómo funcionan y qué compartir en las mismas. Tal y como ocurre con otros medios de difusión, la vida es un juego en el que hay que ser lo suficientemente inteligente para moverte e interpretar el contexto, porque de lo contrario puedes recibir un gol en contra que te haga perder el partido.



